Las razas autóctonas de la Península Ibérica han dejado su huella en la genética equina mundial. Sus características físicas y temperamentales los hacen únicos para el trabajo de alta escuela.
Las razas ecuestres autóctonas de la Península Ibérica comparten una serie de características que las distinguen del resto de razas europeas y que explican su influencia en la genética equina mundial. El cuello arqueado y bien insertado, el cuerpo compacto, la grupa redondeada y las articulaciones amplias son rasgos morfológicos directamente relacionados con sus aptitudes para el trabajo de alta escuela.
El temperamento es quizás el rasgo más difícil de describir y el más valorado por quienes trabajan con estas razas. Se trata de una combinación de vivacidad y cooperación que los montadores experimentados denominan nobleza. El caballo ibérico aprende rápido, recuerda bien y responde a señales muy sutiles del jinete. Al mismo tiempo, no es nervioso ni reactivo de forma exagerada, lo que lo hace manejable incluso en condiciones de competición.
La marcha natural de estas razas presenta características que las hacen especialmente adecuadas para la doma clásica. El trote es rítmico, con una tendencia natural al recogimiento que facilita el trabajo de reunión. El galope tiene una cadencia particular que los jinetes de doma valoran por la facilidad que da para los ejercicios de galope reunido y las pirouettes.
Históricamente, el cruce con otras razas europeas y con caballos árabes ha creado líneas de sangre que combinan la morfología ibérica con mayor ligereza y extensión de movimiento. Estas líneas han dominado los podios internacionales de doma clásica durante décadas, confirmando la vigencia de la base genética ibérica en el deporte ecuestre de élite.



