Las escuelas de equitación fundadas en la Península Ibérica durante el Renacimiento establecieron los principios que aún hoy rigen la doma clásica en todo el mundo.
Cuando los tratadistas renacentistas italianos comenzaron a escribir los primeros textos sistemáticos sobre equitación, la Península Ibérica ya contaba con una tradición montada de siglos. Los jinetes ibéricos no necesitaban manuales; portaban el conocimiento en la postura, en los manos y en el ojo con que evaluaban al caballo.
Fue precisamente esa fusión entre la metodología racional renacentista y el saber intuitivo ibérico lo que dio lugar a las escuelas de equitación más influyentes de la historia moderna. La forma de montar que en ellas se codificó se extendió por Europa a través de los maestros que viajaban entre cortes reales, formando a jinetes en todos los rincones del continente.
El caballo ibérico, con su cuello arqueado, su facilidad para reunirse y su sensibilidad al tacto de la pierna, se convirtió en el instrumento pedagógico ideal. Las escuelas europeas de mayor prestigio solicitaban regularmente ejemplares de la Península para sus cuadras de trabajo, reconociendo en esas características el potencial máximo para el trabajo de alta escuela.
Los aires elevados, movimientos como la levade, la courbette o la capriole, tienen su origen en los ejercicios de guerra a caballo que los jinetes ibéricos y árabes habían perfeccionado durante siglos. Las escuelas los elevaron a expresión artística y los sistematizaron pedagógicamente, convirtiendo lo que había sido táctica militar en arte ecuestre.
Hoy, siglos después, los principios establecidos en aquellas escuelas siguen siendo el fundamento de la doma clásica internacional. La búsqueda del equilibrio, la ligereza, la impulsión y la armonía entre jinete y caballo no ha cambiado. Lo que cambia es el nivel de exigencia y la precisión con que se miden esos objetivos en la pista de competición.



